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lunes, 20 de junio de 2011

Como se pierde el tiempo en un cigarro.

El tren

Todo comenzó en una mañana calurosa de verano, el sol  jugueteaba con el cemento de la acera. El alquitrán no era río, sino sólida realidad sucia. El hormigón de la estación coronaba el silencio matutino. Los pájaros trinaban con su histerismo propio. Y ella, callaba, con su boca hecha de saliva seca y pastosidad propia del despertar imprevisto, sin desayuno siquiera.  Vestida con vaqueros y una camisa de un color que está perdido en lo más profundo de mi mente, se disponía a bajar del coche de su padre y a caminar hacia el tren que la llevaría a su destino.

Su caminar despacio levantaba el viento. O más bien si cabe, su belleza era la que levantaba esa brisa inusual en un verano especialmente caluroso. Su pelo moreno, sus rasgos sencillos, su desapercibida presencia se abría ante los ojos del artista como la figura de una mujer al margen del mundo, y metida en él, en su misterio.

Subió las escaleras de ese armatoste racional de piezas y orden llamado estación de tren, y esperó al tiempo. El tiempo pasó, y el tren no llegaba. Miró al panel que indicaba los minutos antes de que llegaran los vagones. Quedaban 5 minutos. Y suspiró. Tan tranquila como parecía anteriormente, su actitud mística se volvió de frenética impaciencia. Tanteó su bolsillo, sacó un cigarrillo y se dirigió a una esquina, donde encendió su cigarrillo, escondida de los vigilantes, de las normas, de los demás usuarios, de las cámaras. Y esa actitud llena de ilegalidad juvenil sin más sentido que el de calmar un nerviosismo biológico, genético y lleno de falsa adicción por la nicotina, descargó la adrenalina suficiente para olvidar el tiempo mismo y que volviera la sensatez a su rostro, el cual se tornó de nuevo rosado. Todo causa del tiempo, que en los ojos de esa chica infractora, pasaba con la rapidez acelerada de la combustión del tabaco que fumaba. Y llegó el tren, y la lluvia llegó, y mi visión se perdió en su acelerada marcha eléctrica.

viernes, 8 de enero de 2010

El arbol y el castillo.

Aquella noche se escuchaba un extraño murmullo. Un murmullo de viento que agitaba a los arboles en una danza arcana. La luna iluminaba a retazos la oscuridad del sueño de Morfeo. La hierba, exhausta, dormía plácida, acurrucada al sueño templado de verano. Se notaba la caricia de una brisa. El calor empezaba a retirarse, con cautela de aquella selva de viento, negrura y suspiro. El cielo, salpicado por algunas estrellas, se mostraba claro, aunque amarillento por las luciérnagas de hierro que en el horizonte se encendían con fervor en la ciudad.

En medio de aquella maraña de terror durmiente, brotaban coches que atrevían a rasgar el riguroso luto de los búhos. Sus faros se disolvían en la furia contenida del descaro. A veces se paraban en el arcén, se bajaban algunas siluetas imperceptibles en la inmensidad de aquellas colinas, y con premura, se perdían en un pueblo cercano, que acompañaba en la oscuridad a las mansas lágrimas de aquel desierto de sombras.

La aldea solo se percibía por los visillos de las ventanas, que traslucían el fulgor tímido de las lámparas. Nadie había en las puertas a pesar de haber anochecido pocos minutos antes de aquella congoja. Parecía que un terror ardiente recorría el exterior del singular poblado, un temor infundado por la noche, por la serena noche que habitaba entre los pliegues de tierra, el olor del follaje amontonado y aquel estrepitoso silencio.

Sobresalía de aquel tumulto de tejados y casas un castillo de aspecto soñoliento, imperturbable. Desprendía dulzura por las rendijas que la piedra desgastada había abierto entre los muros. Se hacía ver escuálido, enfermo y solitario. Postrado en lo alto de un leve montículo de tierra, solo estaba acompañado por un imponente árbol, de gruesas ramas y tronco. Parecía que la suave caricia de la brisa, se tornaba entre sus hojas, violenta. La danza se convertía en un vertiginoso sacudir de hojas al vuelo.

Tanto misterio acompañaba a aquellas esquinas, que cuando el agitar de aquel vendaval improvisado hubo parado, se escuchaban sollozos entrecortados tras las paredes blancas de los hogares apiñados en torno a la fortaleza. Entre aquel enigma no me extrañó un llanto tan desamparado, incluso aclaró la presión tan dolorosa que se acrecentaba con mis pasos y aquella atmosfera pura pero mortecina.

Lo siento...

*I amar prestar aen (El Mundo ha cambiado)
Han mathon ne nen (Lo siento en el agua)
Han mathon ne chae (Lo siento en la tierra)
A han noston ned gwilith (Lo huelo en el aire)