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martes, 1 de marzo de 2011

El holocausto de la hierba y la soledad




EL CAMINO

Las historias del valle
recorrían cada rama 
de la amplia llanura. 
Los árboles conversaban
y el viento, entre tanto,
mecía sus hojas.
Un finísimo manto de agua
bajaba de la infinita
alfombra de algodón
que cubría el cielo.
Entre tanto, la soledad
paseaba sus cabellos
por el sendero invisible
de la hierba.
A lo lejos corría Daniel,
el niño de los rizos dorados.
Su mirada asesinaba
la pasividad del valle.
La exclamación,
que es el átomo poético
del mundo,
surgía de la herida
que había  en el espíritu 
de la llanura, a cada paso 
de sus descalzos piececitos.
La palabra ingenua 
de su divino pensamiento
quemó la hierba.
Y el valle olvidó
a la amada soledad 
por un momento. 

martes, 8 de diciembre de 2009

El anciano y su jardín (I)


Érase una vez en una casa sencilla, vestida de blanco y de jardines tan verdes como la esperanza, un anciano solitario. Era alto, tenía una clava pronunciada, salpicada por alguna cana y poseía unos ojos de negro sombrío que exalaban un temor a aquel que los mirara fijamente.

Pocos habían estado entre las paredes de su hermoso hogar, aunque yo tuve la suerte, cuando mis piernas eran fuertes y mis cabellos de bruñido negro como la noche, de conocer aquel intrincado frenesí de papeles en desorden y polvo a doquier.

Mi abuelo no era un hombre corriente, sino un ermitaño de las letras. Nunca traspasaba la cancela verde que rodeaba al jardín. Arreglaba sus rosas amarillas, las margaritas que tanto gustaban a mi madre y tomaba el sol como todos los ancianos que frecuentan los pueblos.

Lo siento...

*I amar prestar aen (El Mundo ha cambiado)
Han mathon ne nen (Lo siento en el agua)
Han mathon ne chae (Lo siento en la tierra)
A han noston ned gwilith (Lo huelo en el aire)