
Cuando los años pasan, muchos creen que es síntoma del tiempo, del inexorable curso de la historia que siempre se dirige hacia el final, hacia un desenlace que se asemeja a nuestra vida: de la juventud a la vejez, de la vitalidad al desasosiego... Sin embargo, si miramos el curso de los hechos, el camino de la redención cristiana, a la naturaleza del calendario... veremos que todo siempre es renovación: de lo viejo a lo nuevo hay un solo paso y ese paso hoy, a modo de extraño simbolismo, se consuma mediante 12 campanadas. Ese repicar de las campanas de la Puerta del Sol, del reloj atómico de la NASA o de las manecillas de mi reloj de pulsera, nos indican de manera convincente que nada envejece, que solo hay una transformación a lo nuevo, que la muerte es un engaño de nuestros ojos y que detrás de la enfermedad nos espera otro camino, material o espiritual, pero otro camino de inextinguible llama hacia la eternidad.